Su voz se perdió en el viento. Don Ramiro estaba examinando el campamento con la linterna.
—Aquí estuvieron —dijo—. Aquí estuvieron hace poco, hace una hora máximo.
—¿Y ahora, dónde están? —preguntó Julián.
Don Ramiro señaló hacia adelante, donde las huellas continuaban.
—Alguien se los llevó.
Mientras Julián cargaba a Camila y seguía a don Ramiro, comenzó a notar cosas que no debería estar notando, cosas que significaban que esto era más grande de lo que había pensado. En el barro las huellas de bota eran claras: talla grande, hombre, alguien con peso, alguien que caminaba con propósito, alguien que no se perdía. Pero no era solo una persona. Había dos juegos de huellas, dos adultos.
—¿Ves eso? —preguntó don Ramiro iluminando el piso.
Julián vio las dos líneas de huellas. Vio cómo una era más profunda que la otra, como si una persona estuviera cargando algo pesado.
—¿Cuántos niños crees que cargaría una persona? —preguntó don Ramiro.
—Dos —respondió Julián automáticamente—. Un adulto puede cargar a dos niños pequeños.
—Exacto —dijo don Ramiro.
Continuaron caminando. Julián estaba comenzando a entender lo que había pasado. No fue un abandono, no fue un acto de crueldad sin pensar. Fue planeado, fue coordinado. Fue una operación. De repente, don Ramiro levantó la mano nuevamente.
—Escucha —dijo.
Julián escuchó. Escuchó el viento, escuchó el arroyo, escuchó el sonido de un motor. Un motor de vehículo distante pero audible.
—Una camioneta —dijo don Ramiro—. Viene por la terracería.
El sonido del motor se hacía más fuerte. Luego comenzó a alejarse.
—Se fueron —dijo don Ramiro—. Hace poco, hace minutos.
Julián miró a Camila. Camila estaba inconsciente ahora, o dormida. Su respiración era superficial. Su cuerpo seguía temblando.
—¿Podemos seguirlos? —preguntó Julián.
—No con una niña hipotérmica —respondió don Ramiro—. Necesitamos llevarla a un lugar seguro. Necesitamos calentarla. Necesitamos llamar a una ambulancia.
—No —dijo Julián—. No puedo dejarlos. No puedo dejar a Emilio y Mateo con esas personas.
—No tienes opción —respondió don Ramiro—. Si Camila muere, habrás perdido a los tres.
Julián sabía que tenía razón, pero la idea de abandonar el monte, de dejar a sus otros dos hijos en manos de desconocidos, era insoportable.
—¿Hay otro camino? —preguntó—. Otro camino donde podría salir la camioneta.
Don Ramiro pensó por un momento.
—Sí —respondió—. Hay una brecha que sale hacia la carretera principal. Si vamos rápido, podemos llegar allá antes que ellos. Pero es peligroso, es de noche, es fácil perderse.
—Vamos —dijo Julián.
Leave a Comment