—¡Estoy aquí! —susurró—. Papá está aquí. Estoy aquí.
Camila abrió los ojos, lo miró y por un momento Julián vio el reconocimiento. Vio que ella sabía que era papá. Vio que ella estaba salvada. Pero solo era Camila. Faltaban Emilio y Mateo. Don Ramiro llegó respirando pesadamente.
—¿Dónde están los otros? —preguntó.
Julián miró alrededor. Estaban en un pequeño claro, rodeados de árboles. La mantita colgaba sobre ellos como una bendición, pero no había más niños.
—No sé —respondió Julián.
—Entonces vamos —dijo don Ramiro—, pero primero mira eso.
Señaló hacia el piso. Había huellas. No huellas pequeñas de bebé; huellas grandes, huellas de bota, huellas de un adulto. Y las huellas no terminaban en el claro donde estaba Camila. Continuaban más adentro del monte.
—Eso no lo hizo un niño —dijo don Ramiro, y su voz era baja, casi un susurro—. Alguien lo señaló. Alguien está usando a tus hijos como cebo.
Julián envolvió a Camila en su chamarra. La niña temblaba incontrolablemente. Tenía hipotermia. Julián lo sabía porque había visto hipotermia antes en documentales, en las noticias. El cuerpo de un niño de 2 años pierde calor muy rápido. Sacó de su mochila una cobija térmica, esas cobijas plateadas que ocupan casi nada, pero que guardan el calor. La envolvió alrededor de Camila. Luego la sostuvo contra su pecho bajo su chamarra para que el calor de su cuerpo se transfiriera a ella.
—Vamos a encontrar a tus hermanos —susurró Julián—. Vamos a encontrarlos y vamos a salir de aquí.
Camila no respondió. Sus ojos se cerraron de nuevo, pero su mano se aferró a la chamarra de Julián con una fuerza que no debería tener un niño de 2 años. Don Ramiro iluminaba el camino con su linterna. Las huellas de bota eran claras en el barro mojado. Alguien había caminado por aquí recientemente. Alguien había caminado aquí con propósito.
Caminaron durante 10 minutos. La barranca se hacía más profunda. El sonido del arroyo era cada vez más fuerte. El aire era más frío y entonces don Ramiro se detuvo de repente.
—Mira —dijo iluminando con la linterna hacia el piso.
Había algo en el barro, algo pequeño, algo que brillaba bajo la luz. Julián se acercó, se arrodilló con cuidado, sin soltar a Camila. Era una cinta, una cinta de plástico como la que se usa para atar cables, pero no era para cables, era un precinto. Un precinto que había sido cortado recientemente y estaba manchado de sangre. No mucha sangre, pero sangre. Julián sintió que su corazón se detenía.
—¿De quién es? —preguntó don Ramiro. Recogió la cinta con una rama, la sostuvo a la luz.
—No sé —respondió—, pero es reciente. Hace minutos.
Continuaron caminando. Las huellas se hacían más claras, las pisadas eran más profundas, como si quien las hacía estuviera cargando algo pesado. De repente, el terreno se abrió. Habían llegado a una especie de campamento. No era grande. Era solo un área pequeña rodeada de árboles donde alguien había hecho una fogata. La fogata estaba apagada, pero las cenizas aún estaban tibias. Alrededor de la fogata había una botella de agua vacía, envoltorios de comida, un pañal sucio y algo que hizo que Julián gritara: el muñeco de Emilio. El pequeño oso de peluche que había visto tirado en la sala de su casa estaba aquí en el monte cubierto de barro.
—¡Emilio! —gritó Julián—. ¡Emilio! ¡Mateo!
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