LA MADRASTRA ABANDONÓ A TRILLIZOS DE 2 AÑOS EN EL MONTE… Y EL PAPÁ ENCONTRÓ ALGO PEOR..

LA MADRASTRA ABANDONÓ A TRILLIZOS DE 2 AÑOS EN EL MONTE… Y EL PAPÁ ENCONTRÓ ALGO PEOR..

—Entonces no estamos buscando a tus hijos —dijo don Ramiro—. Estamos buscando a un secuestrador.

Esas palabras quedaron flotando en el coche como una maldición.

Llegaron a la entrada del monte a las 8:47 de la noche. Era una zona de terracería con árboles que se extendían en todas direcciones. La linterna de Julián apenas cortaba la oscuridad. Abrió la aplicación de ubicación de nuevo. Las tres ubicaciones estaban allí juntas, a unos 200 metros de donde estaban parados.

—Vamos —dijo don Ramiro.

Comenzaron a caminar. El monte era un laberinto de sonidos. Cada paso que daban hacía crujir las hojas bajo sus pies. El viento soplaba entre los árboles, creando un sonido constante, hipnotizante, que hacía difícil escuchar cualquier otra cosa. De vez en cuando, un animal se movía en la maleza, un conejo, una lechuza, algo más grande que Julián no quería identificar.

Caminaron durante 15 minutos sin encontrar nada. La brecha se hacía cada vez más angosta, los árboles se hacían más densos. Julián sentía que estaban caminando dentro del vientre de algo vivo, algo que los estaba digiriendo lentamente.

—Espera —dijo don Ramiro.

Se detuvo, levantó su linterna, iluminó el piso. Había un pañal, un pañal de bebé mojado, tirado en el pasto. Julián sintió que algo en su pecho se rompía. Recogió el pañal. Era de Mateo. Reconocía el patrón azul con dinosaurios. Mateo odiaba los dinosaurios, pero Brenda insistía en comprarle ropa con dinosaurios.

—Vamos —dijo don Ramiro.

Continuaron caminando. Encontraron un listón, un listón azul que Camila llevaba en el cabello. Estaba colgado en una rama baja, como si alguien lo hubiera enganchado allí a propósito.

—¿Por qué estaría colgado? —preguntó Julián.

—Marca —respondió don Ramiro—. Alguien está marcando el camino.

Eso no era reconfortante. Continuaron. El terreno comenzó a descender. Estaban bajando hacia una barranca. Julián podía escuchar el sonido del agua, un arroyo que corría abajo. De repente, don Ramiro levantó la mano.

—¿Qué? —preguntó Julián.

—Escucha.

Julián escuchó. Escuchó el viento, escuchó el arroyo, escuchó el sonido de las hojas y luego débilmente, casi como si fuera parte del viento mismo, un llanto. El llanto de un bebé. Julián comenzó a correr.

—¡Espera! —gritó don Ramiro.

Pero Julián no podía esperar. Su hijo estaba llorando. Podía escucharlo, podía sentirlo. Su cuerpo entero se movía hacia ese sonido como un imán. Corrió entre los árboles. Las ramas lo golpeaban en la cara, rasguñándolo. No le importaba. Corrió más rápido, el llanto se hacía más fuerte, más cercano y entonces vio algo.

Una mantita, una mantita rosa colgada en una rama, como una bandera, como una señal, como un grito silencioso. Debajo de la mantita, en el pasto, acurrucada contra un árbol caído, una niña pequeña: Camila, su Camila. Estaba temblando. Sus labios eran azules, sus ojos estaban cerrados, pero su boca estaba abierta, produciendo ese sonido, ese llanto débil, desesperado, que era lo único que la mantenía viva.

Julián se arrodilló a su lado, la levantó, la sostuvo contra su pecho.

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