Comenzaron a correr. Julián corría con Camila en los brazos, con la cobija térmica alrededor de ella, con el corazón latiendo tan fuerte que pensó que se le iba a salir del pecho. Don Ramiro corría adelante, iluminando el camino con su linterna. Las ramas los golpeaban. El terreno era irregular. Julián casi se cae varias veces, pero se mantenía de pie. Tenía que mantenerse de pie. Sus hijos dependían de eso.
Corrieron durante 20 minutos. Julián no sabía cuánto tiempo había pasado. El tiempo se había convertido en algo abstracto, irrelevante. Lo único que importaba era correr. Finalmente llegaron a una carretera. Una carretera pequeña de terracería, pero una carretera, una carretera donde los vehículos podían pasar.
—Aquí —dijo don Ramiro, respirando pesadamente—. Aquí es donde tienen que salir.
Se escondieron detrás de unos árboles esperando. Pasaron 5 minutos, 10 minutos, 15 minutos. Y entonces vieron luces, luces de una camioneta que se acercaba.
Mientras Julián estaba en el monte, mientras estaba buscando a sus hijos, Brenda estaba en casa. Estaba limpiando, limpiando obsesivamente, limpiando como si su vida dependiera de ello, limpiando como si pudiera borrar lo que había hecho simplemente frotando las superficies con fuerza suficiente. Había pasado una hora desde que Julián se fue, una hora que parecía una eternidad. Brenda limpió la sala, limpió la cocina, limpió la habitación de los niños, limpió como si estuviera preparando la casa para una inspección, como si estuviera borrando pruebas de un crimen.
Su teléfono sonó. Lo miró: un número desconocido, el número del que no sabía el nombre, el número que la había chantajeado, el número que la había obligado a hacer esto. Respondió.
—¿Sí? —preguntó con la voz temblando.
—¿Está hecho? —preguntó la voz al otro lado. Una voz de hombre, una voz que no reconocía.
—Sí —respondió Brenda—. Todos los tres. El padre se fue hace una hora. Fue al monte.
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
—Bien —dijo la voz—. Ahora haz lo que acordamos.
La línea se cortó. Brenda se sentó en el sofá. Comenzó a temblar. No de frío, de miedo. Fue a la habitación, abrió el clóset, sacó una chamarra. Una chamarra que no era de ella, una chamarra que alguien le había dado, una chamarra que aún tenía manchas de algo que podría haber sido barro o podría haber sido algo peor. La lavó en el lavadero, fregó las manchas, intentó hacerlas desaparecer. Pero mientras fregaba vio algo en el espejo del baño. Vio su propia cara. Vio los ojos de una mujer que había traicionado a tres niños. Vio los ojos de una mujer que estaba siendo chantajeada. Vio los ojos de una mujer que no sabía si era víctima o monstruo. Y en esos ojos vio una sonrisa, una sonrisa que no era suya, una sonrisa que parecía venir de alguien más.
La camioneta se detuvo. Julián no pensó, solo actuó. Salió de detrás de los árboles, se puso frente a la camioneta bloqueando el camino con Camila aún en sus brazos. El conductor frenó bruscamente. La puerta se abrió. Un hombre bajó. Un hombre grande, con un tatuaje en el cuello, con los ojos que decían que había hecho cosas que no debería haber hecho.
—¿Quién eres? —preguntó el hombre.
—Soy el padre —respondió Julián—. ¿Dónde están mis hijos?
El hombre miró a Julián, miró a Camila y entonces sonrió.
—¡Ah! —dijo—. El papá. ¡Qué rápido!
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