—Roberto Sánchez. Vivía en la calle Morelos número 147.
Mientras tanto, Julián estaba en el hospital escuchando un audio, un audio que había encontrado en el teléfono de Brenda cuando los policías le permitieron revisarlo. Un audio grabado hace tres semanas, un audio de Brenda hablando con alguien.
—¿Estás seguro de que esto va a funcionar? —preguntaba Brenda en el audio.
—Completamente —respondía una voz de hombre, una voz que Julián reconocía, una voz que no esperaba escuchar.
—¿Y si me descubre?
—No te va a descubrir, porque cuando salga del monte, sus hijos van a haber desaparecido y él va a pensar que fue culpa tuya y va a venir por ti. Y mientras viene por ti, yo voy a estar lejos en un lugar donde nadie me encuentra.
Julián pausó el audio. Reconocía esa voz. Era Roberto Sánchez, su antiguo compañero de trabajo. El hombre al que Julián había denunciado por robo hace dos años. El hombre que había perdido su trabajo por culpa de Julián. El hombre que juraba venganza, el hombre que ahora estaba tratando de destruir su vida.
Roberto Sánchez fue arrestado tres días después. Lo encontraron en una casa de seguridad en una ciudad vecina, con documentos falsos y una mochila llena de dinero. Dinero que había recibido de alguien. Dinero de quién, los detectives no sabían. Pero cuando lo interrogaron, Roberto confesó todo. Confesó que había planeado el secuestro. Confesó que había reclutado a los dos hombres que estaban en la camioneta. Confesó que había chantajeado a Brenda con videos de su pasado. Confesó que su plan era tomar a los niños, llevarlos a una ciudad lejana y venderlos a una red de tráfico. Confesó que si Julián no hubiera llegado al monte cuando llegó, si no hubiera encontrado a los niños cuando los encontró, habrían desaparecido para siempre.
La policía le preguntó quién lo había contratado, quién le había pagado para hacer todo esto. Roberto se negó a responder.
—No puedo —dijo—. Si digo su nombre, me matan y van a matar a mi familia también.
La policía lo presionó, pero Roberto se mantuvo firme. Alguien detrás de Roberto estaba lo suficientemente asustado o lo suficientemente poderoso para que Roberto prefiriera ir a la cárcel antes que revelar su nombre.
Mientras tanto, Julián estaba en el hospital con sus tres hijos. Emilio había despertado. Emilio estaba comiendo puré de manzana como si nada hubiera pasado. Los niños de 2 años tenían una capacidad asombrosa para olvidar el trauma. O quizá simplemente no lo entendían. Mateo también había despertado. Mateo estaba jugando con sus dedos, mirando cómo se movían, como si los viera por primera vez. Y Camila estaba en los brazos de Julián, durmiendo con su mantita rosa envuelta alrededor de ella. Un doctor entró.
—Sus hijos van a estar bien —dijo—. Físicamente no hay daño. Mentalmente, bueno, eso va a tomar más tiempo.
Julián asintió.
—¿Puedo llevarlos a casa? —preguntó.
—Mañana —respondió el doctor—, pero voy a recomendarle que los lleve a un psicólogo. Los traumas de la infancia pueden tener efectos duraderos.
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